La Encrucijada
Especulación sobre la tecnología negra oculta
En el tercer capítulo de Atlántico negro, antes de fundamentar a la música negra como la herramienta de comunicación, encriptación y de ensamblaje para la diaspora africana, Paul Gilroy decide comenzar con un potente epígrafe del escritor y activista negro Jame Weldon Johnson, en donde este escribe:
¡Oh, bardos negros y desconocidos de hace tiempo,
¿cómo llegaron vuestros labios a tocar el fuego sagrado?
¿Cómo, en vuestra oscuridad, llegasteis a conocer
el poder y la belleza de la lira del trovador?
¿Quién fue el primero en levantar los ojos de entre sus cadenas?
¿Quién el primero que, desde la vigía inmóvil, larga y solitaria,
sintiendo el ascenso de la antigua fe de los profetas
en su alma secretamente guardada, rompió a cantar?
Bajo tales cuestionamientos, y asumiendo las contradicciones temporales de lo que viene a continuación, este texto busca jugar con la especulación de una respuesta.
La leyenda es la siguiente: Robert Leroy Johnson, un adolescente de Mississippi, nieto de esclavos, no podía tocar la guitarra ni para salvar su propia vida. No fue hasta que Johnson decidió ir a la encrucijada en Clarkdale, que este, en una inversión afrofuturista del mito de Edipo y la Esfinge, al encontrarse con el diablo, le intercambió su alma por un conocimiento oculto, una gnosis musical: el blues. Nadie sabe qué fue aquello que el rey del Delta intercambió en la encrucijada, ni tampoco si aquel con quien hizo el pacto fue el diablo, una esfinge o el sofocante sol. Sin embargo, aquello que Johnson encontró cambió radicalmente el futuro y el pasado de eso que hoy en día conocemos como música negra. Como señala John Akomfrah en su película The Last Angel of History, lo más probable es que aquello que Robert Johnson entregó a cambio de esa tecnología negra oculta fuera su capacidad de estar en su propio tiempo: nunca en el pasado, nunca en el futuro, nunca en el presente. La encrucijada te hace al mismo tiempo ver el futuro como el pasado.
La leyenda de la encrucijada, en sí misma, es parte de aquella tecnología negra oculta. Por un lado, es el desenfreno de aquella (rit)máquina de guerra que hoy nombramos groove, que consolida la filogenia musical y poética de la diáspora africana, un código transhistórico que simultáneamente se transmite vía impulsos, aire, movimientos, tics y números. Por el otro, en su narrativa cibergótica, la leyenda consolida las obsesiones (a)temporales, góticas, alienígenas y cyborgs del afrofuturismo. La leyenda nos cuenta el deseo por la gnosis musical, sin embargo, lo que el rey del Delta no pudo ver en su momento es que aquel pacto demoníaco venía con la penitencia de un virus de propagación. El afrofuturismo y la ritmáquina afrodiaspórica han invadido no sólo el territorio norteamericano, sino que hoy en día podríamos hacer un análisis del baile sufí o del canto cardenche desde la lupa de la filogenia de la encrucijada. El virus de la encrucijada convierte todo en los términos de su código, y ese código interpreta todo como espirales e impulsos rítmicos. El monocordio medieval deviene un plato de inmanencia (el universo audiotécnica). Los cortes y flujos devienen breaks y grooves. ¿Quién diría que el pacto escatológico de un joven de Mississippi cambiaría absolutamente la ontología de la música?
El conocimiento de la encrucijada hace que la gnosis musical pase de estar en los grandes anfiteatros y las salas de conservatorios de las ciudades europeas, a reubicarse en el entorno sofocante del sol sureño y en los espacios marginales de las ciudades. El conocimiento de la encrucijada comprende que si quieres la gnosis musical, tienes que hacer un pacto aperturista: rehacer tu cuerpo, mente, voz, entorno, pieles y palabras: un esfuerzo especulativo por materializar aquello que sólo existía en la virtualidad deseante. Traer la música del plano de inmanencia al plato de inmanencia. Ponerle la aguja a tu cuerpo y hacerlo sonar. El conocimiento de la encrucijada, como cualquier gnosis, es más un recuerdo que un invento. El recuerdo de la agencia musical como composición de realidad: la música como hiperstición. Esto ya era la operación de Occidente; mientras Johnson hacía su trato, en Europa, la hiperstición nibelúngica de Wagner ya estaba sufriendo una poderosa reterritorialización fascista. Sin embargo, a diferencia de la maquinaria sonora occidental, la cual llevaba muchos años operando como parte del aparato de Estado, el conocimiento de la encrucijada surge como reubicación y politización de la agencia sonora para la diáspora africana. Desde ese momento, la música recompone sus agencias y las poéticas sonoras de la tierra comienzan a resonar con la (rit)máquina de guerra negra: la encrucijada. Ese es el pacto, entregarse al desenfreno hipersticional de la música, o como escribe Alan Moore, el gran acto mágico es decidir si vas a vivir en tu propia ficción.
No nos confundamos: aunque podría parecer que el conocimiento de la encrucijada se enmarca en procesos culturales o sociales de aquello a lo que Paul Gilroy bautizó como la diáspora africana, nuestra lectura hipersticional y materialista libidinal (Nick Land) busca enfatizar otros aspectos. Lo que surge en la encrucijada, o, mejor dicho, aquello que es la encrucijada, es un agenciamiento con sus procesos de codificación y territorialización. Un agenciamiento como composición sonora; una canción. Pero esta, como toda canción, produjo una dispersión de consonancias, resonancias y disonancias que alteraron todo a su paso. Políticamente, la encrucijada reubicó la gnosis de la agencia musical en los estratos marginales; en otras palabras, abrió y fortaleció canales nómadas en la maquinaria cultural de las poéticas sónicas. Socialmente –como enfatiza Gilroy–, coralizó una serie de islas en un archipiélago afrolatino que crece y crece. Musicalmente, reubica la música en el cuerpo y en los impulsos rítmicos. El conocimiento de la encrucijada produce sus propios mitos y léxico: la tristeza se vuelve azul (blue), la peste se vuelve baile (funk), la tecnología deviene primitivista (jungle) y la sabiduría una intuición (groove). Sin embargo, el conocimiento de la encrucijada no pertenece a ningún estrato; es la tecnología aperturista de la música o la música como apertura. La música como (rit)máquina de guerra, la música como poética hipersticional, la música como gnosis.
Tal vez aquello que escuchó Johnson en la encrucijada fue la tecnología negra y oculta que Hassan i-Sabbah, protagonista de otra hiperstición afrofuturista, le compartía a sus adeptos, los fumadores de hachís (o assassins): “Nada es verdadero, todo está permitido”.





